La Broncemia (homenaje al Dr. Francisco Occhiuzzi)

estatua bronce1

Quiero hablar hoy de la “broncemia”, una enfermedad fantástica, y digo fantástica porque no existe en ningún libro de medicina conocido.

La “broncemia”, que consiste en la acumulación de bronce en la sangre, es una enfermedad mental grave que se da con gran frecuencia entre políticos, grandes banqueros, médicos famosos, empresarios, altos directivos, artistas, y otros miembros destacados de las élites.

Los que la padecen, a medida que pasan los años y el bronce invade su corriente sanguínea, terminan creyendo que son estatuas de bronce que están situadas, por sus méritos y para admiración de todos, en las plazas y espacios públicos.

Se creen dioses, pero son tipos cargados de soberbia, arrogantes y aislados que han perdido la noción de la realidad.

El enfermo de broncemia pasa por dos etapas en su patología:

  • la primera es el “Importantismo”, en la que el infectado por el metal se cree tan importante que nadie es mejor que él;
  • la segunda es la “Inmortalitis”, que sobreviene cuando el bronce ya ha invadido todo su ser, lo que le lleva a sentirse inmortal, un ser infinito situado por encima de la muerte y del tiempo.

La broncemia se desarrolla, sobre todo, en los ambientes de poder, siendo sus ámbitos más propicios las multinacionales, las entidades de la élite deportiva y la política, sobre todo esta última, donde la arrogancia y la egolatría inyectan inmensas cantidades de bronce en la corriente sanguínea de los políticos, que desarrollan síntomas muy agudos de “soberbia” y “solemnidad”, típicos de la enfermedad. Pero se han observado casos importantes en otros estamentos, como la justicia, el deporte, la música, y el cine, entre otros.

La edad es un aspecto importante. La broncemia se desarrolla, generalmente, a partir de los 45/50 años, pero los casos más severos suelen producirse entre los 55 y los 65 años. El sexo también es un factor importante. La enfermedad es más frecuente entre los hombres, pero últimamente, los casos de mujeres invadidas por el bronce son cada día más frecuentes.

Los síntomas más característicos del broncémico son tres: la “diarrea mental”, la “sordera interlocutoria” y el “reflejo cefalocaudal”.

  • La “diarrea mental” le hace hablar sin parar, de cualquier tema, hasta de lo que desconoce, con solemnidad, escuchándose a sí mismo, como si hablara desde un púlpito a seres inferiores;
  • la “sordera interlocutoria” le impide escuchar y convierte al enfermo de broncemia en un ser desconectado de los que le rodean;
  • el “reflejo cefalocaudal”, por último, hace que el broncémico camine erguido, con la espalda rígida, con apariencia arrogante, como si fuera un Dios olímpico, quizás por acumulación de bronce en su columna vertebral.

La broncemia empieza por los pies, y acaba invadiendo a través del riego sanguíneo todo el cuerpo, hasta la cabeza, momento en el cual al penetrar en el cerebro, es prácticamente incurable la enfermedad. Al tener sus orígenes en la zona inferior del cuerpo (los pies), es fácilmente reconocible a un nuevo enfermo de broncemia. Básicamente porque no camina, sino que se desplaza como levitando ante el resto de mortales.

Aunque la broncemia es una enfermedad antigua, casi tan vieja como el género humano, nunca se ha extendido tanto como en nuestro tiempo. Prácticamente todos los ciudadanos conocen a algún broncémico, fácilmente identificable por sus primeros síntomas: pierde la capacidad de sonreir, no sabe escuchar y habla sin parar, sobre todo de sí mismo.

La única medicina eficaz conocida contra la broncemia es el espíritu de servicio, una variedad de amor al prójimo que obliga a quien lo practica a estar más atento del otro que de él mismo. Es importante diferenciar entre lo que conocemos como “servicio” y el “espíritu de servicio” que es otra cosa diferente.

El servicio es un acto reflejo. Una forma válida del mismo sería el comúnmente conocido como “prestar un servicio”. En nuestra vida diaria existen multitud de ellos cada día. Algunos a cambio de un coste (coger un táxi por ejemplo), y otros de forma desinteresada (como indicar a alguien que se ha perdido y pregunta por una calle, la dirección correcta a seguir). Además de en el ser humano, el “servicio” puede darse en multitud de especies inferiores de animales. Por ejemplo entre los primates mamíferos, que se despiojan entre ellos ayudándose al aseo.

El espíritu de servicio es otra cosa. Es una actitud hacia los demás, que nos impulsa a satisfacer los deseos y necesidades del otro. Ese espíritu opera como una vacuna infalible y evita la broncemia con una eficacia total.

Los cuatro últimos presidentes del gobierno de España han sido broncémicos agudos. Felipe González, José Luis Rodríguez Zapatero, y Mariano Rajoy contrajeron la enfermedad cuando ya habitaban en la Moncloa, mientras que José María Aznar llegó a la presidencia ya enfermo. Los tres anteriores perdieron el favor del pueblo como consecuencia de su broncemia, después de tornarse sordos, de practicar la diarrea mental y de perder el sentido del humor y de la autocrítica. Y el actual presenta el mismo cuadro clínico. Todos ellos se creyeron próceres casi eternos y, en algunos casos, como el de Zapatero, llegaron a creerse seres predestinados por el mismo destino para mandar y lastimosamente incomprendidos por su pueblo.

Por lo tanto, y como diría el Dr. Occhiuzzi…para evitar la broncemia, practica el espíritu de servicio.

 

 

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